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En Blanco nocturno hay un disparo. También un oxímoron. Piglia enciende la bombilla cuando estamos dormiditos. Nos despierta. Muestra las maquinaciones del cuarto de atrás de la realidad y de la literatura, mientras atrapa un destello que, en su exaltación retórica y su verdad desasosegante, hace daño y luego, como las luces quirúrgicas, cauteriza y repara el mal.