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Con las manos temblorosas por el llanto y la sorpresa, Elizabeth Jameson deja el cadáver impoluto de su gato sobre la mesa de la cocina de Rita, su inquilina, también doctoranda de su hijo, Florián. El animal, de nombre Douglas, había agotado sus siete vidas la noche anterior, y amaneció enterrado en una tumba improvisada en el jardín, donde debían ir las rosas.