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El cuarto secreto es como un sistema de puertas. La primera, evidente, ya está abierta: es la que tiene que ver con el alegato de Irene por un lugar en el mundo, pero uno propio, concebido desde su condición de mujer en medio de sutiles y culturales opresiones. La segunda, entreabierta, retiene una represa cada vez más agrietada: Irene, la protagonista, se sugiere, es editora y escritora; cómo hacer que el propio oficio se sostenga entre un espacio de libertad y obligación, que el sustento material no consuma las elecciones espirituales. La tercera, cerrada, aunque no clausurada, encubre otro alegato, silencioso y esquivo, uno que no pierde vigencia: más allá de los géneros, o justamente a partir de ellos, qué significa fundarse como persona; resistir y sobrevivir a las convenciones sociales y políticas, poder elegir y vivir esas elecciones. El cuarto secreto, como los cuentos de El hijo del dragón, propone un tejido narrativo, inteligente y maduro, que además es una reflexión sobre la escritura y la literatura como forma de vida. Felipe Restrepo David Aquí se cuenta como si las circunstancias, los episodios y los lugares hubieran sido inventados para dibujarlos ante nosotros. Y así, lo conocido parece tan nuevo que recuperamos la sensación inicial del hastío, el desamor y el dolor por los hijos, los amores, la soledad, como si por primera vez miráramos y sintiéramos tantas cosas que las mujeres hemos siempre mirado y sentido. Toda la novela presenta una voz muy Íntima en donde reside mucha de la fuerza de esta narración que se siente tan verdadera y que parece escrita con el alma, la cabeza y las entrañas, y que tal vez por eso se lee con los cinco sentidos y con la espina dorsal erizada, como diría Nabokov. Consuelo Posada Esa voz Íntima, lograda desde una focalización impecable que sigue sólo a las protagonistas, desde esa tercera persona que las hace vivir y hablar, me parece uno de los mejores logros de la novela porque produce la sensación de una primera persona, de que estamos metidos en los eventos y pensamientos de las personajes. Ese narrador nunca comete el error de desviarse, de seguir a otros personajes, a no ser que lo haga a través de Irene o del ama, y nos produce la exquisita sensación de estar en la piel de estas mujeres de ficción, de vivirlas, de sentirlas, de entenderlas. Harold Kremer